La historia va, de forma descarada, de más a menos. El arranque es potente y engancha de inmediato gracias a un conflicto central sumamente interesante: una actriz en su etapa de madurez que lucha con uñas y dientes por un papel protagónico, enfrentándose a la cruda realidad de ser reemplazada por una joven influencer
ARTÍCULO LIBRE.- En la era del algoritmo y la tiranía de los likes, El precio de la FAMA, la nueva producción original de ViX, se presentaba como una propuesta incómoda, audaz y sumamente vigente. Una miniserie de 8 capítulos que prometía meter el dedo en la llaga de una industria del entretenimiento en plena crisis de identidad. Lamentablemente, la ejecución nos recuerda que el verdadero precio de la fama televisiva en muchas ocasiones lo termina pagando el espectador, sacrificando horas valiosas de su vida ante una pantalla que se descompone minuto a minuto.

A nivel técnico, la serie cumple con la factura impecable a la que ViX nos tiene acostumbrados: una fotografía pulida y un diseño de producción que retrata bien la dualidad entre el glamour ficticio y la frialdad de los camerinos. El elenco principal, encabezado por figuras de peso como Eréndira Ibarra como Mía Moreno, Andrés Palacios como Germán Vela, Mane de la Parra, Livia Brito como la influencer, Gabriela Espino (participación especial como Renata), Chantal Andere como Sandra, Otto Sirgo como el empresario Eugenio Urrutia y Alejandra Barros, que defienden sus personajes con lo poco que les dan, navega con dignidad entre la madurez escénica y la frescura de los nuevos rostros de la pantalla. Pero ni el mejor diseño visual puede salvar un barco que se hunde desde la sala de escritores.
Un arranque con potencia que terminó en naufragio
La historia va, de forma descarada, de más a menos. El arranque es potente y engancha de inmediato gracias a un conflicto central sumamente interesante: una actriz en su etapa de madurez que lucha con uñas y dientes por un papel protagónico, enfrentándose a la cruda realidad de ser reemplazada por una joven influencer.

El planteamiento inicial es una crítica feroz y necesaria. Los méritos de la creadora de contenido no radican en su talento actoral, su técnica o su disciplina, sino estrictamente en su número de seguidores. Es una primicia real que hace eco en muchísimas personas del medio de la farándula que temen —con justa razón— pasar por un desplazamiento así. Hasta ahí, la serie tenía madera de éxito.

Sin embargo, a mitad de camino, la producción decide mandar todo esto al diablo para convertirse en un thriller de misterio y crimen. Ojo: dar un volantazo hacia una trama criminal no habría sido una mala idea si se hubiera ejecutado con inteligencia. El problema no es el cambio de género, sino que la dirección de ese nuevo guion se convirtió en un festival del sinsentido absoluto.
El laberinto de lo absurdo
A partir de ese giro, la coherencia brilla por su ausencia. Capítulo tras capítulo, la historia se enreda en un intento desesperado y torpe por mantener el suspenso. En lugar de construir un misterio sólido, los guionistas se dedicaron a meter con calzador elementos ridículos, personajes de sobra que entran y salen sin aportar nada, y una serie de incongruencias que se repiten una y otra vez hasta el cansancio.

El ritmo se vuelve errático y la psicología de los personajes se destruye por completo. Como muestra de este desconcierto y de la preocupante falta de ideas, la evolución de la protagonista cae en el recurso más plano y perezoso posible: nunca se entiende por qué, para avanzar en la trama, la mujer tiene que acostarse con prácticamente cada tipo que tiene un diálogo en la escena. Una fijación absurda que solo demuestra el vacío argumental de la serie.
Un desenlace para el olvido (y una amenaza de secuela)
Todo este caos nos conduce a un final de temporada que, en términos de decepción y ridiculez, logra superar al mismísimo e histórico final “chafísima” de Game of Thrones. Cuando esperas una resolución inteligente que justifique el enredo criminal, la serie opta por la salida más caótica, inverosímil y mediocre posible.

Y por si el trago amargo no fuera suficiente, el último capítulo se empeña en dejar la puerta abierta para una posible segunda temporada. Desde aquí el llamado a los productores es directo: por favor, tengan piedad de la audiencia y no lo hagan.
Seguramente saldrá el típico defensor a decir “si no te gusta, no la veas”. Sin embargo, me siento en el compromiso moral de advertirles. Ahórrense estas ocho horas de confusión y sinsentidos; su tiempo es demasiado valioso como para desperdiciarlo en un proyecto que empezó queriendo ser una crítica inteligente y terminó siendo un chiste involuntario.
Calificación para El precio de la FAMA serie ViX es de 1.5 de 5 estrellas (Una excelente premisa ejecutada con total torpeza).







